Por Sergio Parra
Leyendo sobre el recrudecimiento de la persecución del alcohol (parece que no escarmentaron con los efectos de la Ley Seca), a uno le asaltan ciertas reflexiones. Son pensamientos sin orden, un poco a vuelapluma.
Pretenden prohibir los anuncios sobre bebidas alcohólicas cuya graduación supere los 12 grados (así como han prohibido de facto que las estrellas de Hollywood fumen en las películas).
Bien, pues siendo coherentes, que también prohíban las emisiones de los partidos de fútbol que sean potencialmente conflictivos, tipo Barca-Madrid. Y que clausuren los estadios de fútbol para dichos encuentros deportivos, habida cuenta del Pandemonium que se forma en muchas ocasiones. Y que también retiren de la parrilla televisiva toda la programación de las grandes cadenas, que es una mierda y sólo se regodea en la estulticia. Que prohíban los discursos políticos que encierren tautologías, perogrulladas, nudos gordianos y demás defectos lógicos. Que penalicen gravemente al Congreso cuando éste se convierte en un patio de colegio lleno de abucheos, silbidos y pataletas.
También pretenden limitar hasta las diez de la noche la venta de bebidas alcohólicas. “Vamos a la cama… que hay que descansar”. Consignas periclitadas que ya sólo los niños pequeños se tragan (y ni eso). Sin contar el innegable morbo que produce lo prohibido. Los jóvenes se verán obligados a adquirir colecciones de botellas antes de dicha hora: comprarán de más, pues es mejor que sobre que falte.
José Antonio Marina defiende incluso la idea del “bebedor pasivo”, procedente del “fumador pasivo”, para atacar al consumidor de alcohol con la misma estrategia con la que se ataca al consumidor de cigarrillos. Autor de algunos ensayos interesantes, no lo negaremos aquí, José Antonio Marina pertenece a la Fundación Alcohol y Sociedad y suelta esta perla sin percatarse de que su línea de pensamiento es peligrosa. Si cualquier acto puede producir malestar en alguien y, automáticamente, ese alguien se erige como objeto pasivo de ese malestar, entonces no deberíamos detenernos en fumadores pasivos o bebedores pasivos.
Por ejemplo, también debería inculcarse la figura del “vocinglero pasivo”, del “gilipollas vacío”, figuras ambas que abundan en los bares y restaurantes y que, con sus chascarrillos a voz en cuello y sus ademanes histriónicos, molestan continuamente al respetable. También se me ocurre el “sandunguero pasivo de carnavales y demás fiestas populares que trastocan el funcionamiento de la ciudad e interrumpen el descanso de quienes no quieren o no pueden unirse al sarao”. Y ya puestos, la figura del “vivo pasivo, que vive vicarialmente de los famosos mediáticos y que entroniza el fáustico mercadeo de la prensa amarilla”. Y no olvidemos al más importante: el “juanantoniomarina pasivo”, entre los que ahora me incluyo.









